¡Jamaica, no problem!

Publicada el día: 15 marzo, 2013

Texto Gentileza Sandals Resorts.

La frase, acuñada en tiempos de Bob Marley, cuando adquirió protagonismo mundial la cultura rastafari que guarda con su música y sus atuendos las costumbres bajo la esperanza de que algún día volverán a Etiopía, su madre tierra. Esa frase hace honor al modo en que hoy el viajero puede pasar por esta isla caribeña para disfrutar a full del cielo, el clima, el mar, la playa, la cordialidad y el magnífico paisaje junto a resorts que ofrecen absolutamente todas las comodidades.



 

De ayer y de hoy. Jamaica es diferente. Es verde, está cruzada por una cordillera cuyo punto máximo llega a los 2.221 metros de altitud y tiene en total 160 ríos y cascadas de agua dulce que, hacia el sur, desaparecen en una sabana casi africana. Hacia el norte se desenvuelve en bosques frondosos de pinos y flores que crecieron sobre la piedra caliza originada en movimientos volcánicos.

Pero por sobre todo, la antigua Xamaica taína, con sus historias de esclavitud, colonizaciones y piratas se respira paso a paso. El espíritu del antiguo Port Royal y las aventuras de Jack Sparrow, en la versión de Disney de La Maldición del Perla Negra, es casi una postal imaginaria que despierta la curiosidad por esta porción de tierra que fue clave en el devenir de toda América latina.

El famoso Sir Henry Morgan, uno de los más famosos piratas que asoló las regiones de Panamá, Cuba y Maracaibo, tuvo su base en la Bahía de Kingston, hoy capital del país. Desde allí se distribuían los esclavos traídos desde África en las carabelas europeas.

Es cierto que en todo el Caribe el mar es profundamente turquesa y los vientos aligeran el gran calor que provoca un sol que abrasa. El paisaje de las costas se enmarca en bellas playas de arenas que pueden modificar su entorno, desde el color blanco al amarillo según los sedimentos del suelo. El viaje al Caribe se convierte entonces en un sueño donde, por momentos, todo parece igualmente bello y sin definición ni identidad.

Sin embargo Jamaica es negra. Jamaica es cristiana pero está profundamente influenciada por la Biblia del Rey Jaime, el padre de la religión rastafari. Esos datos ya la transforman en algo muy diferente a muchas otras islas vecinas. Si a todo uno le suma el reggae y la admiración por Bob Marley y el aroma del café (el mejor  del mundo) que baja desde las Montañas Azules, se descubre que Jamaica vale la pena para investigarla, recorrerla.

Mucho más allá del aire globalizado y de extremo lujo que se disfruta en los grandes resorts de cinco estrellas y centros comerciales, la isla es sinónimo de placer sin límites. En el reparto de pequeñas porciones de tierra con paisajes de nota turística, el Creador decidió darle un valor más allá de la belleza natural. La dotó de una compleja historia y la sacudió con una de las contadas prácticas culturales emergentes del siglo XX, producto del  espíritu de su liberación política en los años 60, el reggae. Después llegaron James Bond y las historias de 007, los famosos con sus grandes mansiones y los turistas, inundando los rincones.

Jamaica aparece como una tierra de libertad y no límites. Elegida como el mejor destino de luna de miel del mundo (las novias de blanco se toman fotos en la playa, al sol) tiene, sin dudas un magnetismo especial con olor a especias y ron.

 

Lugares destacados

En Kingston conviven lo amable y lo indomable. Es el lugar donde vivir la música y el arte, visitar las fortalezas piratas y comprar artesanía local.  Pero para las visitas, la estrella indiscutida es Montego Bay, recostada sobre una gran bahía en forma de media luna donde pasear por las reconocidas playas Walter Fletcher o Cornwall Beach. Príncipes y comerciantes llegaron en busca de las aguas curativas de Doctor’s Cave Beach y edificaron sus villas. En casonas como Rose Hall aún viven viejos fantasmas.

Al sur de MoBai, como la llaman todos, están las bellas “siete millas” de Negril, 11 kilómetros que en los `60 fue refugio de hippies y rastafaris, que en su mayoría cambiaron en los últimos años por la imagen de decenas de parejas de luna de miel (o en plan de reconciliación como más guste imaginar). Un faro le guiña el ojo a las estrellas mientras en las discos suena el rock y los enamorados se esconden del mundo en las cuevas de la costa. Imperdible, ver el atardecer en el mar en el Ricky’s café, mientras se toma una cerveza o un poco de ron.

Ocho Ríos  y Runaway Bay están en el mismo corazón de la zona norte, definida por helechos y cascadas. La de Dunn´s River cae 180 metros y es otro imperdible, casi tanto como el Barranco de los Helechos y algunas de las viejas plantaciones de café, azúcar y bananos como Prospect Plantation o la victoriana mansión  Harmony Hall, donde se puede reconstruir la forma en que vivían las familias ricas rodeadas de sus esclavos negros.

Todavía muchos se acuerdan de Errol Flynn en Port Antonio. Muchos millonarios llegaron igual que él buscando costas adornadas de orquídeas naturales para poder caminar tranquilos por un pueblo de pescadores.

De aquel pasado quedó un inglés cerrado, mezcla de inglés británico y el acento de las culturas negras. Un desafío para el viajero, pero la dificultad es suplantada por la cordialidad.

 

Sabor y picor

El plato típico nacional es el bacalao, el pescado salado. Se llama ackee y es procedente de Ghana, el menú incluye wonton frito, fettucine, fondue de boeuf y té cerasee.

Hay frutas y platos que sólo crecen en el Caribe como el ortanique que es un cítrico dulzón; y el jackfruit que se obtiene de una vaina que produce el árbol de ese mismo nombre. Son también típicos ciertos panes como el roti, pan aplastado que hacían los aborígenes y el bammy, pan frito para acompañar al pescado, en forma de torta redonda. Por lo demás, imperdible el pollo shark, picantísimo, con todo el sabor de las especias que abundan en la isla y la clásica pimienta que lleva su nombre.