Personas felices para padres felices

Publicada el día: 28 mayo, 2013

Una cálida e inteligente reflexión sobre la adopción, a cargo de Flavia Tomaello, coautora de Adopción, la construcción feliz de la paternidad.



 

Si una mujer trabaja de 9 a 19 no tiene muchos deseos de ser madre“, dijo una psicóloga a cargo de los talleres para individuos interesados en iniciar trámites de adopción del RUAGA (Registro Único de aspirantes a guarda con fines Adoptivos de la Ciudad de Buenos Aires).

Nos miramos entre nosotros, incrédulos.
¿Habíamos escuchado bien?
¿Esta profesional trabajará menos horas? ¿Será madre? ¿El ejercicio de su profesión no le habrá permitido desarrollar sus “deseos de maternidad“?
¿Los deseos de paternidad se miden por el tiempo que uno trabaja o no?
Los padres naturales que trabajan en esos horarios –o, aún más, considerando la realidad que nos circunda– ¿no quieren a sus hijos?

Adoptar niños es una acción compleja. Más allá de las cuestiones personales con las que un individuo o una pareja llegan a esa instancia, el entorno impone una serie de mitos, creencias, legislación y “cargas” que determinan el modo en que se construye esa imagen. Como padre adoptivo –a diferencia del padre natural–, tal estado se construye muy cercanamente al “qué dirán“. Influencias como las de configurar qué es o qué no “tener deseos de ser padres“, es una variable que puede determinar para bien o para mal una manera de enfocar la senda de la adopción.

La experiencia por la que cada uno llega a la decisión de adoptar determina necesariamente el modo en que enfrentará ese camino. La manera en que se configurará como papá y con qué sentimientos vivirá el proceso.

Los especialistas coinciden en sostener que la paternidad (y la maternidad) es una construcción que se hace en conjunto con el niño. Si esto es realmente así, la alternativa de ser padres adoptivos debería ser una opción más natural de lo que se supone. La realidad de los padres que caminan los pasos de la adopción suelen llegar a la “ruta del fondo“, a ese sitio que representa la última esperanza de tener un hijo.

La senda que recorrimos mi pareja y yo fue larga. Atravesamos tempestades y playas soleadas. Momentos de duda extrema y de replanteos personales. Instancias de negación, fundamentalismos, creencias equivocadas, “seguir la corriente“, analizar experiencias ajenas, inspirarnos en la paternidad de los amigos… Asumimos miedos propios y de terceros, analizamos nuestra fortaleza como pareja y dudamos sobre el impacto que generaría en nuestro vínculo pasar de ser dos a ser tres o más.

Por sobre todo, nos dimos tiempo para pensarlo y pensarnos. Tanta ruta previa recorrida nos ayudó a tener respuesta para casi todas las dudas. Saber qué pensábamos de cada tema ayudó a poder ignorar comentarios tan improductivos como el del comienzo y que no nos hicieran mella en absoluto.

La adopción es una especie de “cuco” donde se tejen numerosos mitos. Algunos vinculados a las dificultades de lograrlo. Otros en torno al “fracaso” del proceso natural de tener hijos. Unos más asociados a la apropiación ilegal de menores y el tráfico de personas. Miedos reales e infundados nutren la cabeza de posibles padres que se animan como en una cruzada, o se dejan vencer como en una batalla. Esos extremos encontramos en nuestro camino de adopción.

 

¿Padres adoptivos tristes? 

El primer paso que un prospecto de adoptante debe dar en la mayoría de las situaciones es tomar contacto con la entidad en la que deberá hacer los trámites

Allí, cabezas ladeadas, sonrisas amplias y mirada de “pobrecitos” con ojos húmedos, casi humorística, como la cara del Gato con Botas que tan bien grafica el film infantil Shrek. Los posibles adoptantes serán siempre recibidos con un halo de compasión. Todos suponen que llegan con frustraciones previas, que esa es algo así como su última oportunidad de ser papás o, casi como un opuesto, son futuros santos a ser canonizados en breve por haber tomado tal decisión redimitoria de cualquier otro mal que puedan haber hecho.

No es para reírse, no es una caricatura. Uno no es ninguna maravilla porque adopte. Sólo adopta. Es como decidirse a tener un hijo biológico. Decidís ser papá. Basta. No hay mucho más que admirar.

La lectura social de la situación de adoptante coincide con la construcción de paternidad que los posibles papás asumen. La sociedad determina que no ser padre biológico (cuestión que no siempre resulta de un problema médico) es un fracaso de la especie. El “creced y multiplicaos” parece estar fijado a fuego en el ADN psicológico colectivo e individual. Pero desde el enunciado de esa frase a hoy, han pasado muchas cosas. Y, en paralelo, los dichos bíblicos tienden a ser inspiradores, no literales. De modo que “multiplicaos” también incluye a la supervivencia de los nacidos, sean de uno o no.

La pareja (o el individuo) que decide adoptar, que tiene su historia, su recorrido, su dinámica y sus causas no siempre biológicas, recibe a diario una presión psicológica extrema de parte de la sociedad que espera su descendencia.

Es momento de preguntarse qué deseamos realmente, cuáles son los caminos posibles para ello, calcularnos y ver qué suponemos mejor para cada uno de nosotros, necesitamos aceptar nuevas maneras de construir una familia y de llegar a ello.

El desafío es preguntarse cómo lograr que la adopción sea una decisión auténtica, mediatizada por el deseo y no tomada “de última” y para ello se requiere un proceso emocional para el que –tal vez– sea bueno pedir ayuda, contar con un espacio para ser acompañado.

¿La adopción es la última instancia cuando ya nada más queda? La ausencia de apoyo psicológico a las parejas que inician un camino de búsqueda fuera de lo natural es casi una constante. Se movilizan tantas variables entre las propias expectativas, las de la pareja, los miedos, las demandas de las familias y de la sociedad para “encajar” en el modelo, los egos y el deseo de perpetuación son unas pocas de las que se exhiben en el proceso. En la senda hay historias de excesos penosos de convertirse en padres “a toda costa” y también caminos de frustración extremos que deterioran la calidad de vida de una pareja (y de individuos) que en tanto buscan ser padres, se les pasan años juntos.

¿Tener un hijo es llevarlo dentro? ¿Ser papás es embarazarse? ¿Hay algo de realización frustrada cuando no hay panza?

Cansados estamos de oír versiones en torno a que “madre es la que lo cría“, que “tener un hijo lo tiene cualquiera” y definiciones por el estilo… entonces, ¿por qué no funciona al revés? ¿Por qué para las mamás esto no es “tan cierto“? ¿La panza tiene que ver con el ego? ¿”Dar la vida” es un condicionante tan fuerte? ¿Necesitamos “ser dueños y creadores” de ese nuevo ser? ¿Se requiere desplazar mucho el “yo” para adoptar?

Cuando se asume que “la felicidad más grande” o “la realización personal” corren de la mano de ser padres y que, si se llega a la adopción es porque se frustraron otros caminos, no cabe más que la resignación y la pena… Pero hay tantos caminos que se recorren para tomar estas decisiones, que deberíamos construir padres capaces de afrontar todas las instancias de serlo de manera feliz. Feliz en el proceso, no felices sólo del objetivo.

 

Foto: Istockphoto.