Purmamarca a la carta

Publicada el día: 28 mayo, 2013

A 65 km de la capital jujeña y con el marco majestuoso y policromático del Cerro de los Siete Colores, el "Pueblo de la Tierra Virgen" –en lengua aimará- deslumbra al viajero con la imponencia del paisaje, lo autóctono de sus costumbres y un hotel 5 estrellas de panorámica ubicación.



 

El pueblito conserva construcciones de adobe y techos de cardón con tortas de barro, y fue trazado en torno a la iglesia principal de 1648, consagrada bajo Santa Rosa de Lima, hoy declarada Monumento Nacional, por su disposición arquitectónica y por las pinturas e imágenes cuzqueñas que decoran su interior.

Sobre su plaza funciona permanentemente la feria artesanal donde la compra se hace irresistible. Cientos de artículos regionales como vasijas, ponchos tejidos en telares, instrumentos musicales, sombreros y chucherías tradicionales asombran por su creatividad. Muchos objetos están hechos con semillas del lugar, piedras y tierras de colores dispuestas en franjas dentro de botellas, o pintados con pigmentos de raíces. Puede disfrutarse del paisaje –hay empresas que organizan trekking, cabalgatas o caminatas por el Paseo de los Colorados (que tiene conformaciones de piedras talladas naturalmente) pero sería un pecado privarse de meterse entre la gente y descubrir sus costumbres, sin que medien guías o planes formales. Con un calendario basta. Participar de un misa-chico (procesión cristiana con rituales paganos) cuando se celebra una festividad religiosa o sumarse a la fiesta de la Pachamama (la madre Tierra) es adentrarse en la magia del Noroeste que no se compara con nada similar en el país. La música enhebra melodías disonantes y ritmos a veces lentos y otras “murgueros”. Pero siempre, atrás del sonido que se percibe alegre, hay un dejo nostálgico, un lamento acompasado, una copla sentida. Ejecutada con quenas, cajas, erques, erquenchos y sikus, los “musiqueros” tocan desde el alma y soplan ocarinas o rasguean charangos. La comida es sencilla. Los chicos venden quesillos de cabra, dulces de cayote o cuaresmillo y tortas fritas hechas en sus casas. Otros fabrican chas-chas, sonajeros hechos con semillas de churquis (una planta espinosa del lugar), alfarería en barro cocido, chuyos (gorros tejidos en lana de llama con tapa orejas) y hojas de coca para hacerse un té (y aplacar el soroche o apunamiento) o intentar el acullico (un bolo mascado de hojas). De yuyos y otras  yerbas hay infinidad y para múltiples usos. De historias verdaderas y de leyendas, también.

Historia viva
A la entrada de la iglesia está el algarrobo a cuya sombra se resguardaron Belgrano y Güemes; no demasiado lejos, cayó Viltipoco, el último gran cacique omaguaca vencido por Francisco de Argañarás y Murguía –fundador de San Salvador de Jujuy-; allí también, se guarda en la memoria la valentía de doña Juana Azurduy. En toda la Quebrada de Humahuaca –declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco- hay un sembradío de anécdotas donde aborígenes, patriotas y españoles dejaron huellas indelebles, ineludibles.

Presente perfecto
En el collar de aldeas –Maimará, Tilcara y Humahuaca- Purmamarca se distingue por sus álamos pulcros y espigados, porque sus habitantes son lugareños legítimos –no hay hippies- y porque el sosiego de los purmamarqueños invita al reposo y la reflexión.

Si la idea es alojarse, una opción es el nuevo Hotel Manantial del Silencio (www.hotelmanantialdelsilencio.com).

Datos de bolsillo
Purmamarca es una pequeña aldea erigida a principios del siglo XVII, de origen prehispánico, ubicada a 2.192 m.s.n.m. Son apenas 40 manzanas con calles de tierra. Se encuentra a 3 km al este de la Ruta nacional 9, la que la conecta con la capital jujeña, San Salvador de Jujuy, tras recorrer 65 kilómetros. El clima de la región es del tipo templado, con una amplitud térmica media anual de 20 ºC, con máximas de 25 ºC y mínimas de 2 ºC.

 

Fotos: archivo Mujer Country.