Patricia Sosa: Cantando por vivir

Publicada el día: 1 julio, 2013

La exitosa jurado de “Soñando por cantar”, que acaba de presentarse en el Luna Park con gran éxito, comparte vida (mística) y obra (actual) en esta entrevista con Mujer Country.



 

De las voces que no necesitan introducción, la suya es una marca de agua que ha calado profundo en el imaginario nacional. Con himnos atemporales como “Aprender a volar” y “Endúlzame los oídos”, Patricia Sosa ha cimentado una carrera de casi cuatro décadas que, en banda y solista, la tienen como representante melódica… y rockera. “Yo fui la primera mujer de la historia argentina en liderar una banda de rock”, recuerda quien –del ’82 al ’89- integrase La Torre, grupo al que el año pasado homenajeó con su nuevo disco, “Desde la Torre”, donde repasó el repertorio que la puso como centro de la escena. Recientemente vivió dos acontecimientos inéditos: en junio se presentó por primera vez en el Luna Park y poco antes, a fines de mayo, participó del espectáculo “Las elegidas. Sus éxitos sinfónicos en el Colón”, donde cantó junto a Valeria Lynch, Marcela Morelo, Lucía Galón, María Graña, María Martha Serra Lima, Sandra Mihanovich, Julia Zenko, Fabiana Cantilo y Virginia Tola.

Tanto en 2012 como este año se luce como jurado en “Soñando por cantar”, el reality de espíritu federalista que se paseó por el país buscando talento vocal, hoy la artista vuelve sobre su carrera, el aura mística que tiñe su vida, su solidaridad y asistencia a la comunidad toba, su relación con Oscar Mediavilla, los encuentros cercanos de tercer tipo y otros misterios con soundtrack propio: el de sus canciones.

 

–Después de una exitosa temporada, este año volvieron con las finales de “Soñando por cantar”, el reality de canto producido por Ideas del Sur del que fuiste jurado junto a Alejandro Lerner, Oscar Mediavilla y Valeria Lynch ¿Cuál es tu balance del ciclo?  

–Para nosotros, el programa marcó un antes y un después a nivel personal. Salir al país, a conocer cada rincón y escuchar a estos artistas es una oportunidad que, de no ser por el show, nunca se me hubiera presentado porque –si bien somos federales– en este rubro no se nota. Cuando terminó el programa el año pasado, se nos acercaron unos cuantos finalistas a decir que les habíamos cambiado la vida, que empezaron a tender redes entre ellos. Formaron un clan. Antes eran las discográficas; ahora es red y autogestión.

–¿Qué respondés a las críticas que recibió el programa por apelar en demasía a la emotividad?

–Nosotros no fingimos, no somos actores. Todavía no estudié para llorar si no quiero. Lo que pasó, pasó de verdad. Y estamos todos agradecidos a esta conspiración armada por alguna fuerza superior, donde todos nos vimos beneficiados, donde no hubo malos modos y todo tiró para adelante, abriendo caminos, abriendo emociones (algo tan difícil de lograr hoy en día, cuando la gente se endurece cada vez más por miedo a exponer su dolor). A mí me emociona mucho el canto; la voz me transporta al espacio. No es un don más; es un don especial. Por algo se canta en las iglesias. Por algo San Agustín dijo que el que canta, reza dos veces. Por algo los cantos gregorianos acuden a cierta frecuencia que despierta paz y conexión con el infinito.

–¿Qué pesa más a la hora de evaluar a un participante: técnica, historia de vida, talento bruto?

–Cuando el audio traspasa la tercera pared –esa que divide al intérprete del espectador– y te envuelve de un sonido, de una sensación y te traslada a un paisaje, no hay qué evaluar. Si hay magia, hay un artista. Cuando no es así, trato de fijarme en su potencial y aconsejarlo para que siga creciendo, apoyándome en lo positivo. Lo negativo es apenas un obstáculo a sortear; nunca es el quid de la cuestión.

–En general, la voz popular recomienda no trabajar con la pareja de uno. Sin embargo, Oscar y vos vienen compartiendo pantalla por un tiempo ¿Ha sido positiva la experiencia?    

–En este momento, es lo mejor que podemos tener. Pero nos llevó un aprendizaje de muchos años y un divorcio en el medio. Hace 38 años que estamos juntos y trabajar al lado del otro es maravilloso porque nos potenciamos mucho y sabemos que el otro siempre quiere lo mejor para uno. Confío plenamente en Oscar. Cuando grabo en un disco de otro, no me retiro del estudio si la mezcla no está terminada. En mis discos, en cambio, Oscar queda trabajando solo.

–De hecho, él ha producido todos tus trabajos discográficos y –como guitarrista, compositor y productor– fundaron juntos La Torre, una banda bien rockera de los años ‘80. El año pasado lanzaste el cd Desde la Torre donde homenajeaste parte de ese repertorio ¿Por qué la decisión de volver sobre esas canciones?

–Oscar, que es un histérico del audio, hinchó para volver a grabar porque estos discos de los ‘80 tenían el sonido de los ‘80. Por otro lado, yo veía que, al momento de mis shows, la gente de mi generación pedía temas de La Torre y la periferia se quedaba en ascuas. No me gustaba que esa etapa de mi vida separase; yo soy una sola. Soy la más rockera y la más romántica. Soy la primera mujer de la historia argentina que lideró una banda de rock y eso es algo de lo que mi público tenía que enterarse. Entonces hicimos este disco para nosotros, para evocar épocas pasadas y resultó un logro maravilloso. No sólo etuve haciendo giras hasta fines del año pasado; llegó a ser disco de oro a los 20 días de haber salido.

–Incluye clásicos como Sólo quiero rock&roll, Colapso nervioso o Estamos en acción. ¿Cómo definieron el repertorio?

–Entre los dos, con peleas de por medio (se ríe). Pero siempre gana Oscar. ¡Prefiero! Mirá, el disco Sólo quiero rock & roll fue grabado en 1984 en Ibiza y, en aquel momento, me porté muy mal: iba a playas nudistas, a la discoteca… El único que se quedaba grabando era Oscar. Como no dormía ocho horas ni sabía vocalizar, grabé mal. Es el peor disco que he grabado… y uno de los más exitosos. Y cada vez que pasaban una de esas canciones en la radio, él me marcaba las frases. ¡Lo sigue haciendo! Después de Ibiza, volví a Buenos Aires y me convertí en una obsesiva, hice la “colimba” musical, estudié mucho. Al grabar este disco, me di cuenta que ahora tengo el triple de resto.

–¿Es verdad que solías vocalizar con dos enciclopedias sobre el estómago?

–¡Con la guía de teléfono! Cómo dolía… Así practicaba la respiración costo-diafragmática. Adquirí mucha resistencia física.

–Gracias a Desde la Torre, volviste a compartir escenario con Mediavilla después de 25 años ¿Cómo fue ese “reencuentro” on stage?

–La felicidad son ráfagas que uno tiene que intentar acopiar o, por lo menos, reconocer. Cuando estábamos en la sala de ensayo y Oscar se colgó la guitarra, yo ya lo miré con emoción. Se me pasó la película de mi vida y me acordé del pibe que se colgaba la guitarra como una extensión de su cuerpo. De repente, se puso a tocar y lo vi iluminado como antes; le vi el aura. Fue un momento de comunión.

–¿La gente se sigue sorprendiendo de que, estando juntos y en pareja, vivan en casas separadas?

–Te digo que muchas parejas están optando por este método. Vivir separados te da madurez porque somos absolutamente libres con el compromiso que está en nuestro corazón. Cuando nos divorciamos, no la pasamos bien y cuando empezamos a intentar estar juntos otra vez, nos dimos cuenta de que cada uno en su espacio estaba mejor. Seguimos así durante muchísimos años y estamos muy bien.

–Una vez mencionaste que, para estar en pareja, hay que humillar el ego. ¿Cómo funciona la premisa?

–Es un trabajo interior. Yo creo que el ego es la peor parte del ser humano. Por el ego llegan las guerras, las peleas. En una pelea de buena leche, cuando uno sabe que tiene el arma para ganarle al otro, ¿tiene que hacerlo? ¿Sirve de algo? Yo no creo. ¿Para qué? Siempre le digo a Marta, mi hija, que el arma más poderosa es la de no dañar a la persona que uno quiere. Hay que tomar esa arma y humillar el ego.

–El año pasado, Marta se fue a vivir con el papá. ¿Extrañás tenerla en tu casa?

–Como ella es actriz y Oscar vive en el centro, le convenía más estar ahí. Pero ella siempre fue mamera y se la pasa en mi casa.

–Hace tiempo llevaste a vivir contigo a tus padres. ¿Te gusta tener a la familia cerca? 

–Los dos son mayores y, para mí, es un privilegio envejecer al lado de ellos. Mi casa es el crisol de mucha gente; de familia de sangre y familia de amigos. Me gusta que sea así. En Código de barrio, el libro que escribí, decía que lo que yo pido es silencio con ruido. Que se quieran, que discutan, que hagan lo que quieran, siempre y cuando entiendan que necesito mis soledades.

–Te estás construyendo una casita sustentable cerca de Capilla del Monte ¿Es un espacio para escapar con tus soledades?

–Lo pienso como un refugio, no como un escondite. Es de adobe y tiene energía eólica, solar. Ya está a punto de terminarse; faltarán unos pocos meses. El terreno es todo de cuarzo y es un lugar precioso porque yo –que medito mucho– allá encuentro otra energía y otro silencio. Hay otra comunión con la naturaleza. Es como dice Osho: una se siente parte de un todo. Tengo una teoría (me la paso haciendo teorías de mis pensamientos) y es que la ciudad está llena de cemento y el cemento es refractario del calor, del frío; de la energía también. Por eso la violencia genera más violencia; los malos hábitos, más malos hábitos. En cambio, si vas a la montaña con mala energía, en diez minutos la naturaleza se la llevó y te vuelve otra cosa.

–¿No fue por esos pagos donde tuviste, años atrás, tu primer encuentro con OVNIS?

–Es cerca. Por eso fui para allá. Busqué ese lugar específicamente porque yo me conecté con muchas naves por ahí. Igual, me conecto a cada rato. Es más: se me aparecieron en el fondo de mi casa en Capital. Es como que te tienen en el ADN de ellos, en su computadora. A mí me fue revelado algo, tengo una certeza. No tengo un palpito ni una premonición ni sospecho de. Tengo una certeza. Si se te presentan enfrente tuyo es porque quieren que lo sepas; no se dejan ver por cualquiera. Gracias a Dios, soy una persona creíble y no tengo por qué inventar nada de esto; además, no me sucedió sola, estaba con tres personas más y una señora que nos guió.

–Una señora que, según has contado, te explicó que la telepatía con seres de otro planeta se anula al comer carne ¿Por eso te volviste vegetariana?

–Sí, a partir de eso no comí más carne. Pero, ay, yo no soy telépata. Igual, me hizo muy bien ser vegetariana. Tengo más energía, me cambió el cutis…

–Volviendo a los OVNIS, ¿cómo se te presentaron en aquella ocasión?

–Pude ver la energía, las luces; platillos no. Todavía no estamos capacitados. De hecho, yo tenía muchísima taquicardia.

–¿Sentiste miedo?

–Pensé que iba a tener miedo pero es regocijante. Se nos reveló algo grande: que existen otras vidas. Recuerdo haber pensado: “¿Por qué a mí?”. Creo que la voz, el audio, tuvo que ver porque la señora me dijo que –telepáticamente– le pedían que yo cantase.

–¿Y cantaste?     

–Me paré en esa inmensidad enorme y canté. Canté y vinieron.

–¿Qué tema elegiste?

–Una canción que escribí después de haber visto las primeras luces, sin saber qué eran, y dice que hay luces que se apagan, luces que se encienden, que iluminan a la gente y te cuentan la verdad. Lo incluí en el disco Toda, se llama Luces y termina diciendo Esa luz es un regalo de Dios. La canté y aparecieron, por lo menos, veinte. Un goce. Después, con mis amigas nos sentamos en una estación de servicio (eran las 4 de la mañana; era lo único que estaba abierto) y reíamos y llorábamos; no podíamos hablar.

Además de trabajar en tevé, dar presentaciones en vivo y grabar discos, presidís la fundación Pequeños Gestos, Grandes Logros, un proyecto de ayuda a comunidades tobas. ¿Qué acciones llevarán a cabo en lo inmediato?

–El gobierno provincial nos está asistiendo en un plan de vacunación contra el chagas y estamos llevando 25 médicos al Chaco cada 45 días. Además, en un mes, gracias a un convenio que firmamos con la Facultad de Odontología de la Universidad de Buenos Aires, haremos nuestro tercer viaje para poner prótesis, que ayudan a cambiar la alimentación y, por ende, evitan los problemas gástricos. Lo que hacemos no es asistencialismo; nos interesa generar la cultura del trabajo. Ya montamos dos carpinterías e hicimos una red con artesanas; las sacamos de la selva para que comercializaran sus productos en ferias del país. La idea es apostar a la salud y a la educación.

–¿Cómo te vinculás con la causa toba?

–Es muy mística la cuestión. Ellos habían hecho el ritual del fuego –que es un dios que tocan en última instancia– y, cuando terminaban, pasó un auto por la ruta y escucharon que sonaba mi tema Y te amaré. Como no tienen luz, no me conocen; así que fueron al pueblo a preguntar quién cantaba esa canción. Averiguaron que yo tocaba en Córdoba, juntaron plata y una india me vino a dejar una carta al concierto. Así me puse en contacto. Como verás, otra vez mi voz se metió en lugares sin que yo le diera permiso.

Sí le diste permiso para cantar a dúo, a lo largo de tu carrera, con grandes como Caetano Veloso, Lucecita Benítez, Plácido Domingo, entre otros. ¿Recordás alguna colaboración con especial cariño?

–Todas fueron lindas porque cada una significó una experiencia. Desde la parte contestataria de Lucecita, que es una guerrillera que te morfás, que viaja, va y viene, pone los discos detrás de la camioneta y los vende ella, a la dulzura de Plácido Domingo, que un 4 de julio en Estados Unidos sacó el mantel a la playa para que hiciéramos un picnic. Los grandes son grandes.

 

 

Texto: Guadalupe Treibel

Fotos: gentileza Patricia Sosa.