Madres a cuadros

Publicada el día: 14 octubre, 2013

Madres de historieta, de ayer y de hoy, de la gráfica y de la televisión. Divertidas, mordaces, todas entrañables. En la mirada del escritor Marcelo Birmajer.



 

¿Cuál es la diferencia entre una madre de historieta y una madre real?

No sé. Cuando yo nací, mi madre, en vez de cortar el cordón umbilical, lo hizo plastificar.  Ya en mis primeros años de vida, cuando me llevaba a las hamacas, mi madre gritaba: “¡Te estás hamacando demasiado alto!”, y yo todavía no me había subido. De todos modos, mi madre es mi principal lectora. Las editoriales sacan dos ediciones de mis libros. Una primera edición que se agota de inmediato y una segunda edición con una faja: “Primera edición agotada por la madre del autor”.

Si tomamos estos sucesos como datos en una investigación rigurosa, llegaremos a la conclusión de que madres como la Marge de Los Simpsons, o la de Mafalda, son mucho más verosímiles que las madres reales. Incluso la madre de Matías, de Sendra, a la cual nunca vemos, resulta mucho más presente, por sus agudas acotaciones, que muchas madres reales que se pasan el día en la casa quejándose por no tener una vida fuera de ella.

Mi madre tiene una relación muy directa con las historietas, aunque no como personaje. En cierta ocasión, escribí los guiones de los chistes Bazooka. Me pagaron muy bien; pero por esos motivos de los cuales los autores nunca llegamos a enterarnos, no los publicaron. Sin embargo, mi madre me llamaba todos los días a las seis de la mañana, me leía un chiste Bazooka y me preguntaba con voz aguda: “¿Este lo escribiste vos?”. Durante un tiempo pensé que la empresa no me había contratado por mis dotes como humorista, sino porque conocían a mi madre y guardaban la esperanza de duplicar la venta de chicles.

Tal vez sea porque la función y el oficio real de madre son tan exagerados y abarcadores- salimos de sus panzas, nuestras vidas dependen de ellas y  participan de todas nuestras intimidades en nuestra primera infancia-, que los historietistas han optado, en general, por evitarlas o por mostrarlas más realistas que los demás personajes. Porque no pueden competir con la realidad.

En las primeras décadas de la era Disney, las madres no existían, excepto en los largometrajes, donde morían ni bien comenzaba la película, como en el caso del pobre Bambi. Pero ni Donald, ni Mickey, ni Tribilin, ni Glad ni Tío Rico, han tenido nunca una madre. Tampoco Asterix ni Obelix, ni Lucky Luke, ni el Corto Maltés. Ni Patoruzú, ni Isidoro; ni Don Fulgencio ni Falluteli. Muchas veces aparece una suegra, pintada como una verdadera bruja, es decir, mucho mejor de lo que son en la realidad; pero no madres. Las madres siempre son madres de otros, nunca del personaje principal.

De hecho, la primera madre con presencia que recuerdo haber visto en una historieta, es Raquel, la madre de Mafalda. Junto a esa hija prodigio y a ese padre obsesionado por su auto, Raquel es la imagen de la normalidad y la estabilidad. Exactamente el mismo rol que ocupará, treinta años después, Marge Simpson.

En rigor, Marge Simpson es tan parecida a la madre de Mafalda que casi podría pensarse que Matt Groening se inspiró en Quino. También Marge es el ama de casa que, en el medio del caos de una familia tipo, mantiene la cordura, las normas y el orden. Es curioso cómo, con una diferencia de treinta años, las pinturas de una familia tipo, en dos países tan distintos como Argentina y Norteamérica, son prácticamente idénticas. Lisa Simpson casi no tiene diferencias con Mafalda.

Sendra, como dijimos, presenta una madre invisible. De ella, solo vemos sus palabras. Tal vez, como se trata de una mujer y de un diario matutino, lo que ocurre es que no quiere que la veamos sin maquillar.

Desde los años 60, cuando comenzaron a aparecer por primera vez las madres en las historietas, ya se dibujaron como mujeres completas: las madres también podían ser bonitas y participar, discretamente, de la liberación femenina. La madre de Matías no nos deja ninguna duda al respecto: ya no es esa madre desvelada por cada detalle de la vida de su hijo, sino una mujer con una variedad de actividades, y con derecho, incluso, a hartarse, cada tanto, de ser madre. Nunca llegará a rozar siquiera la destemplanza de Merryl Streep en Kramer vs Kramer, pero sí se dará el permiso a pensar, dos veces por día, que ser madre es el oficio más insoportable que le pueda tocar en suerte. Ahora que lo pienso, las madres dibujadas siempre han sido más benignas, en la ficción, que las madres de la literatura, del teatro o del cine con actores de carne y hueso. Mientras que en los dibujos animados e historietas, las madres o se mueren o son normales; en el cine y la literatura, las madres pueden ser asesinas, locas peligrosas o desalmadas.

El mejor retrato realista, y cómico,  de una madre, que yo he leído últimamente en historieta, son las tan exitosas mujeres de la humorista Maitena. Esas madres fumando, con arrugas, mal pintadas; o comiendo ensaladas, atractivas a los cuarenta, listas para salir con un novio de treinta mientras dejan a los chicos al cuidado de una señora de cincuenta, son lo más parecido a un promedio de madre moderna. Comparto con Maitena la revista Ya del diario El Mercurio, donde ella publica sus internacionalmente conocidas mujeres, y yo una columna que lee mi madre. Debo confesar que siempre leo sus tiras antes que repasar mi propia columna, para enterarme de cómo son las mujeres. Nunca he sabido qué quieren ni qué piensan, pero al menos, por medio de las tiras de Maitena, llego a comprenderlas lo suficiente como para poder reírme.

La humorista francesa Claire Bretecher también se había metido con las “nuevas madres”, especialmente las madres progresistas o de izquierda, en los finales del ruidoso 68 parisino. Esas madres que llamaban a sus hijos Karl o Ho Chi Minh y cuyo ideal no era que el hijo fuera a la facultad sino a una marcha contra el “imperialismo” (pero vestido a la última moda, con cuello Mao). Y que, según las historietas de esta dama del humor frances, les arruinaron las vidas a sus hijos con mucha más rapidez que aquellas que nunca habían oído hablar del psiconálisis. Pero la verdad es que las tiras de nuestra Maitena me parecen mucho más comprensivas- tanto por la cantidad de matices que incluyen como por su piedad por las debilidades humanas-, más leíbles y más graciosas.

Quizás porque son las madres las que nos dan la vida, resulta tan difícil para un artista darles vida. Seguramente, con el paso de los años, vayan sumándose más personajes de madres a la interminable historia de la historieta y el cine de animación. Pero tengo la sospecha de que no serán muy distintas de Marge, de Raquel, de la madre de Matías o de las anónimas y reconocibles madres de Maitena. Después de todo, aunque se las dibuje con muy distintas caras, madre hay una sola.

 

Fotos y dibujos: Gentileza Ediciones B, Ediciones de la Flor y Fox.