Juan Martín del Potro: La torre y la cima

Publicada el día: 5 marzo, 2014

Aunque reapareció una vieja lesión, hoy es el único top ten latinoamericano del tenis. Contra viento y marea, desafiando contratiempos y disfrutando éxitos, persigue un sueño que forjó en la infancia: llegar a ser el primero a nivel mundial.



 

Llegó en colectivo después de la Legión, ese grupo de profesionales de alto impacto que mantuvo a la Argentina en los labios del tenis internacional por una década en continuado, con resultados sorprendentes y un racimo de estilos.

Irrumpió con un psysique du rol distinto a la media de la raqueta nacional, con molde ideal para el cemento, casi dos metros de estatura en los que no retacea movilidad, pelo largo contenido por vincha, perfil bajísimo.

Juan Martín Del Potro es la nave insignia del tenis argentino y latino. La torre edificó en el top 5 del ranking, es uno de los cuatro dueños de un Grand Slam nacido en estas tierras, además de medalla de bronce en los últimos Juegos Olímpicos; es el que está capacitado, como ocurrió en octubre en Shangai, para tumbar a un Rafael Nadal recargado. Rodeado del granítico español, una leyenda como Roger Federer, una estrella como Novak Djokovic, y los adversarios de fuste que se van filtrando, como el suizo Wawrinka, Delpo escribe su historia a los 25 años, con una larga cuesta ofreciéndose para ser escalada. “El respeto te lo vas ganando con los resultados y, así como se recupera, también es fácil de perder. Enfrentar a jugadores como Federer o Nadal es un privilegio, ya que son de lo mejor que ha dado la historia del tenis, y para eso hay que ver los títulos de Grand Slam. Djokovic, que explotó más tarde, también puede llegar a los números de ellos. Vivimos una gran época del tenis, con muchos campeones, y estoy muy orgulloso de poder formar parte de ella”, describe el baile en el que se ve mezclado y que, cuando el físico no le impone un obstáculo, ha aprendido a danzar con presteza.

Es que este tandilense nacido el 23 de septiembre de 1988 se codea con los consagrados desde los 15 años, cuando ganó su primer punto en el circuito. A los 20, en 2008, ya era top ten. Y en 2010 alcanzó la cuarta colocación. Todo un prodigio. Su hito dentro de los 17 títulos que ya carga en su mochila, fue aquel Abierto de los Estados Unidos, bajando a Nadal y Federer en semifinales y la definición, respectivamente. El último de los grandes certámenes de este deporte obtenido por un argentino. Un mojón que vibrará por siempre en la memoria de Juan Martín.

 

Dos pasiones
Y pensar que el tenis pudo haberle cedido el talento de La torre a otro deporte… Más precisamente, al fútbol. Es que el gigante, fanático de Boca, supo hacerse espacio para las dos pasiones en la infancia y preadolescencia, hasta que el destino lo puso en la encrucijada de elegir. A los 12 años, tenía un torneo en Córdoba con la pelota grande, que distribuía como un mediocampista central elegante, y uno en Brasil con la amarillita. El avión, un universo inédito para el púber Delpo, y el paseo por otro país, torcieron la muñeca. El destino volvió a hablar.

–¿Alguna vez pensaste en cómo sería hoy tu carrera como futbolista?
–Pienso que elegí bien. Fue una suerte haber elegido, cuando tenía doce años, un viaje a Brasil para jugar un Sudamericano de tenis y descartar un torneo de fútbol que se jugaba al mismo tiempo. Pude ganar ese torneo de tenis y al volver a la Argentina me decidí a entrenar más seriamente.  En aquel momento me decían que en fútbol, salvando las distancias, me parecía a Claudio Marangoni (ex futbolista del Xeneize, Independiente, San Lorenzo y la Selección, con auge en los años 80). Era un deporte que hacía con muchas ganas. Me hubiera encantado jugar en Boca.

–¿Cómo sobrellevar la popularidad, que en el exterior es menos extrema, pero que te cubre de calidez en Argentina?
–No me gusta ser el centro de la escena, soy más bien perfil bajo, pero me gusta mucho el contacto con la gente, que te agradezcan por tal o cual partido o te digan cosas lindas. Es una parte increíble que tiene esta profesión, que se le puedan dar alegrías a los que miran tus partidos o que puedas representar a tu país cuando jugás en otras partes del mundo.

 

Persiguiendo un sueño
Del Potro hoy vive uno de los picos de su carrera. Una carrera que difícilmente pueda dar saltos de cima a cima. Porque hay contratiempos, como las lesiones; máxime teniendo en cuenta el desgaste que sufren los físicos por la intensidad del calendario y las obligaciones. A Delpo le tocó, en 2010, sobrellevar un parate extenso. Una operación en la muñeca lo forzó a frenar, y cayó hasta el puesto 484 del ranking a comienzos de 2011. A remar de atrás… Y lo finalizó en el escalón número once, cuando consiguió ser nombrado por la ATP como “el regreso del año”.

Pues bien, el 2013 tampoco le resultó simple. Antes del inicio de la temporada informó que le dedicaba los doce meses al circuito apuntándole a seguir creciendo (mantuvo la decisión en el primer peldaño de la Copa Davis en 2014). Sin embargo, se topó con varias vallas inesperadas, como un virus que lo disminuyó y sacó de un par de torneos, molestias en la muñeca izquierda y una contractura dorsal. He ahí, el sabor ambiguo del año que termina, y que se ve reflejado en su evaluación. “Fue un año raro, con grandes actuaciones como la de Wimbledon y situaciones feas como el problema en la muñeca o el virus que me impidió ir a Roland Garros. Es lo que tocó, a veces no queda más que arremangarse y pelear en condiciones desfavorables”, analizó.

- ¿Qué te falta para alcanzar la cima del ranking? ¿Cuánto hay de objetivo y cuánto de sueño?
–Yo siento que le puedo ganar a todos los jugadores, pero la regularidad en el año es lo que hace que el ranking no mienta. Los mejores ganan la mayoría de sus partidos, los puntos importantes, y hacen la diferencia con los títulos en Grand Slam y Masters 1000. Para mí no es fácil siendo el único top ten latinoamericano, por una cuestión de horas de viajes, adaptación, huso horario, cambio de clima, pero seguiré intentando, todavía soy joven y tengo la ilusión de que se me dé.

 

Texto: Pablo Cavallero.