Cuando sea grande…

Publicada el día: 7 abril, 2014

Desde chiquitos manifiestan su deseo de ser desde policía hasta payaso, pasando por heladero, astronauta o médico. ¿De dónde surgen estos pensamientos y qué nos dicen de nuestros hijos? Aprovechemos sus fantasías creativamente y ayudémoslos a crecer.



 

Un día, de la nada, casi de repente, nuestro hijo más pequeño nos mira fijo y nos dice, muy decidido: “Cuando sea grande, voy a ser bombero”. Uno, que lo ve tan chiquito que apenas si va al jardín, se ríe. Pero cuando insiste con eso durante varios días, empezamos a preguntarnos cuánto crédito deberíamos darle y si esto nos está diciendo algo. ¿Deberíamos preocuparnos? ¿Es simplemente una gracia?
La fuente de donde surgen estas manifestaciones es diversa:

 

- Culturales: el nivel sociocultural al cual tiene acceso el niño.
- Familiares: las ocupaciones que observa en las figuras significativas de su entorno cercano, la satisfacción o insatisfacción que observa en ellos respecto de la tarea que realizan.
- Personales: las competencias naturales del niño.

 

Como explica la doctora en Psicología Edith Vega, de Fundación Hospitalaria, “estos comentarios hablan de la diversidad, la imaginación y la riqueza de la mente de los niños en desarrollo. Pero también pueden ser indicadores de la fuerte influencia que reciben, a veces de la confusión que les genera el futuro, o de una actitud de aplanamiento para ser aceptados con las elecciones que hacen sus pares”. Además, hay que considerar que estas manifestaciones son diferentes según el momento evolutivo en que se encuentran. En general, representan más una proyección al futuro que elecciones definitivas.

 

¿Cómo se le ocurrió?
Cuando nuestro hijo empieza con ese tipo de comentarios, nos surge la duda de si es algo espontáneo o la respuesta a una pregunta de alguien de su entorno. Al respecto, la especialista sostiene que “sin lugar a dudas, es un intercambio entre dos necesidades y dos interlocutores. Las personas, a lo largo de toda la vida, construimos nuestra identidad. Es un extenso proceso que se inicia tempranamente y es por este motivo que, siendo ya adultos, encontramos en nuestros hijos el reflejo de aquello que nos impulsa a seguir. El riesgo es forzar al niño más que sugerir alternativas favoreciendo el proceso de elección”.
Jorge Luis Borges decía: “… desde mi niñez se consideraba de manera tácita que yo cumpliría el destino literario que las circunstancias habían negado a mi padre. Era algo que se daba por descontado (y las convicciones son más importantes que las cosas que meramente se dicen). Se esperaba que yo fuera escritor…”.
Algo que también nos sorprende es la elección de la actividad y/u oficio. A veces, sencillamente quiere ser un superhéroe, o maestro (con quienes interactúa a diario), o repite la profesión de alguno de sus padres. “El proceso de elección es un fenómeno complejo –afirma la doctora Leiva– hay muchos elementos en juego, y muchos interjuegos entre los elementos que lo componen. Actualmente se observa una relación importante con la realidad virtual a la cual los niños tienen acceso, lo que agrega una variable diferente de elección. El interjuego se da entre las habilidades naturales y/o adquiridas del niño y la expectativa de los adultos, o lo que el niño supone que mas coincide con lo que él cree que sus padres quieren”.

 

Como mi papá…
A veces se identifican con su maestra o con algún personaje televisivo o del cine. Pero también es muy común que nuestro hijo diga que quiere ser abogado como el papá o profesora de educación física como la mamá. Y entonces ocurre que no repara en que seguramente no es una vocación firme y guarda una ilusión en el fondo de su corazón…  “El riesgo es que los padres quieran que sea lo que ellos no pudieron, o que interfieran u obstaculicen el proceso de construcción de la identidad del niño. La tarea de ser padres y madres exige un dialogo abierto entre los deseos de los padres y los del niño. En cuanto a los mandatos, no es algo unilineal, depende cada caso”, dice la especialista. En ese sentido, es interesante lo que señalan los estudios realizados con familias numerosas: un mismo mensaje, escuchado por diferentes hijos, en cada uno es tomado de modo diferente. Algo que para uno representa un mandato ineludible, para otro es un comentario al pasar, casi olvidado. Por otro lado, para muchos chicos los mensajes de los padres son vividos como algo positivo. Para algunas personalidades es una orientación que ayuda a marcar un rumbo en la vida. De hecho, muchas personas manifiestan, en su adultez, tener problemas emocionales porque sintieron que les faltó una guía, un mandato que marcara un rumbo. Otros manifiestan que hicieron lo que quisieron, aunque coincida con el deseo de los padres. Pero, en estos casos, hablamos de adolescentes que están viendo cómo sigue su vida como estudiantes y buscan una carrera para seguir. La variable que entra en juego es el temperamento del niño. Para algunos, la presencia del padre se impone evidenciando la inseguridad y la pequeñez que sienten frente a esa figura.

 

Casi un juego
Para aprovechar creativamente el deseo infantil es preciso estar tranquilos, sin apuro (si se puede apagar un ratito el celular, mejor aún) y pasar un rato con ellos. Aunque solo dispongamos de poco tiempo, esos minutos estar totalmente con él y aprovechar para jugar de eso que le gustaría ser. ¿Quiere ser policía? Juguemos al poliladron. ¿Querría ser detective? Busquemos el tesoro. ¿Se entusiasmó durante la visita al pediatra y ahora quiere ser médico? Hagamos de cuenta que nos duele la panza y él nos revisa. Y lo llamamos “doctor” Diego o cual sea su nombre.  ¿Quiere ser maestra? Le decimos “seño Martina”. Como padres, trasmitimos valores y podemos estar sensibles a los intereses del niño. ¿Quiere venir a ver qué hacemos a lo largo del día en nuestra oficina? Compartir nuestro trabajo puede ser una buena experiencia para el niño, siempre que para nosotros sea una fuente de gratificación o de desafío para superar más que la evidencia de frustración, desesperanza, o un camino sin salida.

Claves para acompañarlo:
- Dejarse sorprender por los deseos que manifiesta el niño, coincidan o no con la propia expectativa.
- Apoyarlo aunque no nos guste su elección. Es chico y lo más probable es que en pocos años ni se acuerde de lo que decía.

 

Texto: Florencia Romeo