Javier Saiach: “Prefiero que la gente reconozca a mis vestidos y no a mí”

Publicada el día: 5 diciembre, 2017

Es el diseñador del momento y todas las celebrities mueren por ser vestidas por él. De Mariana Fabbiani a Juana Viale, Pampita, Juliana Awada e Isabel Macedo en su casamiento, todas imapctan con sus creaciones. Nació y creció en Corrientes, se formó como arquitecto en Paraguay y a fuerza de talento se forjó un lugar en la moda en América Latina. Hace tres años desembarcó en Buenos Aires y conquistó el país.



 

“Ahí va un Saiach”. Si hay un sueño para un diseñador de modas es que algún día sus prendas lleven tanto una identidad, un sello, un estilo e –imprescindible- una distinción respecto del resto, que haga que la gente los pueda identificar sin que alguien se lo tenga que anunciar. “Un Saiach” es el nuevo fetiche de la moda argentina y, esa, es la mayor satisfacción de su creador.

Es el diseñador del momento, el de esas joyas que lucieron Araceli González e Isabel Macedo en sus casamientos, Mariana Fabbiani en las últimas ceremonias del Martín Fierro, Juana Viale, Pampita y Juliana Awada. Nació y creció en Corrientes, se formó como arquitecto en Paraguay y a fuerza de talento se forjó un lugar en la moda en América Latina. Hace tres años desembarcó en Buenos Aires y conquistó el país.

Nacido en Corrientes, donde hasta los 18 años vivió con su mamá, empleada del Registro Civil de las Personas, cuando terminó el secundario se mudó a Asunción, donde vivía su padre, ingeniero. Estudió arquitectura y allí, de manera lateral, empezó una carrera en la moda abriéndose camino a puro talento: comenzó haciendo vitrinas para una compañía de perfumes y, ante la ausencia de la encargada de diseñar los uniformes, la tarea recayó en él: en metáfora futbolera, la descosió. Y no paró más. Desde entonces lo suyo fue toda conquista. Y mucho trabajo, claro. Sólo por decir un dato, publicó en todas las revistas de moda de Latinoamérica, también en Europa Y Estados Unidos,  y está por hacer el fashion show ¡número 95! en el exterior y ha hecho otros tantos en el interior del país. De todo eso hablamos con el diseñador del momento.

-En Argentina, fue como si hubieras aparecido de repente. ¿Cómo fue el camino de Javier Saiach en el diseño de modas?
-Desde chico hubo algo que me atrajo. Muy pronto me di cuenta de que mi mamá era una mujer distinta. Siempre tuve una observación muy explícita y detallista hacia el color. Y era como que siempre estaba con eso, como un juego para mí. Casi como un don natural, en un espacio o con una persona, iba detectando las proporciones de color pero también se daba cuenta de que su mamá era extravagante y única. Y detectar que el estilo no tiene que ver solo con la belleza. De alguna manera comencé con el diseño sin quererlo. A los 16 años todos me decían “Me encanta como estás lookeado”. Y mis amigas o amigos me pedían asesoramiento para vestirse.

-¿Por qué estudiaste arquitectura y no directamente diseño de moda?
-La carrera de arquitectura fue como un intermedio porque en verdad a mí me presionaban para ser ingeniero y yo quería ser decorador. Ellos querían que fuera profesional y ser diseñador de modas no entraba. Así que me anoté y empecé, hasta que… Como siempre fui un niño súper correcto de esos que saludan con un beso sin que nadie les diga, que se porta perfecto en la escuela y en la casa, que estudia, yo sentía que haber hecho las cosas bien me daba el aire para en algún momento rebelarme en serio. Así que después de dos años de mentir y de decir que seguía con la carrera, un día anuncié que en realidad la había dejado. Fue un escándalo con llanto incluido, me pedían que terminara la carrera si o si, que qué iba a hcer, que nadie quería pagarle a un diseñador salvo que fueras una estrella. Y yo les dije: “Ustedes no se preocupen que yo no les voy a tocar el bolsillo”. Y ahí empecé haciendo las vitrinas para marcas de perfumes en una compañía. Y gané premios…

-Una cosa te fue llevando a la otra.
-Claro, siempre supe pero era como que iba desviando de a poquito el rumbo hacia el lado que quería. Yo soy de los que cree que nada está mejor hecho que escalón por escalón. Después de esos premios, que fueron importantes porque yo era chico, tenía 21 años, empecé con esto de mis amigas que tenían fiestas y querían que las asesorara. Y un día el dueño de la empresa de perfumes para la que yo trabajaba fue a una fiesta y vio a una chica que estaba espectacularmente vestida, le preguntó quién la había vestido y ella le dijo. Y el lunes me mandó a llamar en la oficina, me contó que estaba por inaugurar una tienda concepto en la que iban a mezclar diseñadores con su propia  firma y me ofreció participar como diseñador.

Hasta ese momento Javier no había cosido un botón. Y se lo hizo saber: “Yo lo único que tengo para ser diseñador es el gusto y la búsqueda de ir siempre por algo diferente”, le digo. Pero el jefe insistió: había visto algo distinto y confiaba en su talento. Y entonces Javier llamó a una amiga diseñadora para que lo ayudara a crear un logo para empezar a hacer una marca. Y cuando le contó que iba a hacer ropa, ella le dijo: “Naciste para eso”.

Con el logo creado se largó. Era 2000. Y empezó en 2001. No tenía talleres ni nada. Vino a Buenos Aires, compró prendas de jeans, trenchs, pieles sintéticas y creó sus primeras piezas: en una primera noche de 45 prendas vendió 16.

El desembarco en Buenos Aires
Un día dio el salto. Cruzó la frontera. Se animó y combatió. Porque no fue fácil entrar en un mercado muy competitivo en el que hay pautas para pertenencer y ¡querer romperlas! Eso hizo él. No cedió.  “Cuando yo llegué a la Argentina, hace unos años, la mujer tenía prohibido estar cargada. Cuanto menos era más. Y yo llegué con mi estilo, que era más, más, más, más y me divertí con eso. Primero fui rechazado por editoras y me costó…”, cuenta.

-¿Era una meta para vos llegar a la Argentina?
-Sí, claro. Pero era muy difícil porque en ese momento la Argentina estaba pasando por un limbo. La importación era casi nula, la moda no tenía reglas y cada diseñador hacía un poco lo que quería y dependía de otras cosas. Y lo único que se veía en las revistas eran cosas “onda” y no diseño. Los diseñadores estaban achanchados y cobraban lo que querían.

-¿Qué te pedían?
-Me imponían modelos muy flacas, demasiado delgadas, y para mi mostrar alta costura en una mujer casi sin curvas me parecía un despropósito. A mí me gustan las mujeres súper femeninas, que cuando entran a un lugar con un vestido todos se dan vuelta para verlas y no que dicen: “Ay pero qué flaquita”. Igual estamos en un país en el que nunca nadie le da el gusto a nadie, siempre hay algo que decir. Que si estás muy gordo o muy flaco. Pero hay una argentina que quiere verse como las mujeres del exterior y que diferencia la alta costura.

-¿Por qué fuiste hacia la alta costura?
-Porque soy muy romántico y siempre creí en los cuentos de hadas, y siempre me gustó el tema de la princesa y el príncipe y el final feliz. Y entonces me encantó siempre hacer vestidos de novia y de madrina. Hacer vestidos para fiestas muy importantes, para festejos que son inspiradores para el diseñador. Yo cuando hago  esos vestidos me siento inspirado en pensar que ese vestido tiene esa importancia.

-¿Nunca seguiste las tendencias?
-No, a mí me dicen que corra para la derecha y corro para la izquierda. Cuando yo empecé con esta técnica del Richelieu, que era algo que se usaba para mujeres muy muy mayores, y para determinados detalles ¡de la casa!: la cortina de baño, la carpetita para apoyar cosas arriba. Y de repente una cosa caprichosa se volvió en una técnica de bordado que hace que yo esté en grandes revistas del mundo.

-¿Cómo es el trabajo de crear un vestido?
-A veces son casi dos meses y medio o tres meses de trabajo, entre el boceto, la interpretación del corte, la prueba… Hacer la colección para mí es un mimo al alma siempre, porque es lo que uno se imagina. Me gusta buscar la innovación pero no con los cortes. Hay algunos que sabemos que podemos experimentar y otros que sabemos que no son para nuestro taller. Si en otras cosas y me gusta pensar no tanto en lo que me gusta a mí sino en sorprender un poco, primero desde los vestidos, pero también desde la producción del desfile.

-No te gusta que te digan que no podés hacer algo…
-Claro, me pasó cuando quise hacer Gaucho, que fue un hito. Fue un premio porque todos me decían que no lo podía hacer porque todos me decían que lo habían hecho (Laurencio) Adot, (Pablo) Ramírez, y fulano y mengano. Y yo dije: ¿No puedo? Ok, lo voy a hacer. Porque sí, porque quiero, porque tengo otra impronta, otro estilo, porque lo quiero hacer. Y lo hice. Por eso cuando me preguntan si me comparo con alguien, yo digo que no. No me comparo con nadie. Al contrario.

-¿Es un mundo muy competitivo?
-Muy, yo siempre digo que esto es como el Game of thrones: suben a la reina, bajan al bufón, el bufón se convierte en príncipe y el príncipe en mendigo. Todos los días cambia la carátula y a veces al cambiar tanto uno se pierde… Por eso yo me enorgullezco de haber hecho mi camino, de haber puesto mis condiciones, de no aceptar que si no mostraba mis vestidos en las revistas con las modelos de 16 años, 1,82 m y 50 kilos, no podía estar. Me alegro de eso. Porque así desaparecieron diseñadores con revistas. Yo tengo un estilo y siempre lo he cuidado. Tengo mis colores y mis texturas. También me desprendo. Pero siempre todo es con reminiscencias románticas pero siempre con un toque sexy.

-¿Te gusta más vestir a actrices o a mujeres anónimas?
-Me inspiran todas las mujeres, cada mujer en sí misma. Y cuando una mujer me inspira no importa si ella es famosa o anónima. Pero me divierte mucho vestir a mujeres famosas, como a Mariana Fabbiani que el vestido histórico de los diez años eligieron el del águila. Me trae muchas satisfacciones estar ahí. También hay sinsabores porque la exposición trae eso. Pero son más las satisfacciones. Cuando me amargo enseguida pienso en cómo llegué hasta acá y en que con todo lo bueno que me pasa no puedo amargarme.

-Mariana fue clave en tu carrera.
-La verdad que sí, fue un antes y un después. Porque yo llegué justo en una época en la que la Argentina había tenido un gran golpe en la moda con la muerte de Jorge Ibáñez, que había tenido unas dos últimas colecciones impresionantes, dignas del exterior. Y entonces ahí empecé con Mariana y realmente me encanta vestirla.

-¿Alguna otra mujer argentina fetiche para Saiach?
-Sin duda si yo tuviera que elegir hoy a una “Mujer Saiach” es Juana Viale. Es absolutamente bella, irreverente, hermosa para vestir… Ese amor-odio que la gente siente por ella hace que el desafío de vestirla sea mayor. Es una mujer muy segura, que no le importa ir a un lugar con la cara lavada. Me encanta. Y a la vez es un dulce de leche con patas: una gran persona, madre, mujer.

-¿Por eso no tenés mucha exposición? Digamos que hoy es más fácil identificar un vestido Saiach que a Javier Saiach.
-Totalmente, y así quiero que sea. Porque la exposición hace que la gente confunda al personaje, porque en verdad no te conocen sino que creen que te conocen, con lo que hacés. No. A mí me gusta que la gente me conozca por mis vestidos, que me reconozca por eso. Yo podría estar mucho más en los medios y no quiero. Yo para la gente soy y quiero ser la ropa que vendo.

-¿Cómo te imaginás en el futuro?
-Me imagino con una familia, siendo padre y con una vida y una carrera en el exterior. Ahora no estoy en pareja pero creo en que las cosas buenas pasan sin querer, así que no o estoy buscando, y también creo que en la vida todo es volver a empezar. Y en el amor también. Así que llegará.

-¿Y el sueño de la moda?
-Quiero tener un vestido en los Oscar. Este año estuve a punto…

 

Los #tips de Javier Saiach

  • Todos somos distintos pero todos somos bellos. Cada uno tiene que explotar esa belleza y disfrutarla y dejar de ser tan inconformistas.
  • Hay que enaltecerse a uno mismo. Yo hoy más que nunca creo en la belleza de la imperfección, en la belleza de la edad, de la armonía propia, de la seguridad interior y de la pasión.
  • El diseñador debe saber escuchar e interpretar a la mujer que va a lucir el vestido: hacer un buen vestido es mucha más complejo que lo que la gente cree.
  • No cualquier vestido es para cualquier mujer. Y no es que porque una mujer tenga un cuerpo o una cara, todo es lo mismo y todo le queda bien.
  • El espejo, la primera mirada en el espejo, es la clave. Cuando uno se mira y no hay duda, no hay duda. SI uno tiene una duda, se lo tienen que sacar porque no es el look adecuado.
  • Tener en el guardarropas una camisa blanca, un muy buen jean, una camisa blanca, una chaqueta de cuero interesante, unos buenos decolette, unas muy buenas sandalias, unas zapatillas cómodas… ¡Y un Saiach!

 

 

Texto: Paula Bistagnino.
Fotos: Gentileza Javier Saiach.